No siempre la apariencia es reflejo de la salud real. Atienda a señales más específicas y consulte.

¿Prefiere un niño gordo y mal nutrido, o flaco y sano?

Algunos padres creen que si un niño es gordo es saludable o, por el contrario, si es flaco, está enfermo. Pero existen factores que pueden afectar la salud del niño obeso o, por su parte, en el caso del delgado, estar en perfectas condiciones y no requerir extrema alimentación.

El exceso de peso, dice Katerine Villa, nutricionista y directora de proyectos del Centro Colombiano de Nutrición Integral Cecni, “puede ocultar el verdadero estado nutricional del niño, se puede presentar un sobrepeso acompañado de deficiencias nutricionales (vitaminas y minerales), que es conocido hoy en día como el hambre o desnutrición oculta”. Estos y otros conceptos sobre el tema los encuentra en la edición 89 de la revista que está actualmente en circulación
Ahora, otro factor que indica que un niño gordo no está sano son las enfermedades que pueden estar asociadas a su obesidad, como problemas cardiovasculares, diabetes y hasta cáncer.
“Siempre el sobrepeso y la obesidad son factores predisponentes para otras enfermedades, como trastornos en las articulaciones, alteración en la mineralización ósea, aumento en la probabilidad de dislipidemia (colesterol alto y /o triglicéridos alterados), resistencia a la insulina, diabetes, pubertad precoz, síndrome metabólico, hipertensión arterial, hígado graso, y, en el caso de las niñas, ovario poliquístico”, dice Silvana Dadán, magíster en nutrición clínica y coordinadora de la Unidad de Gastroenterología, Hepatología y Nutrición Pediátrica, Gastronutriped, en Bogotá.
Para la nutricionista Villa, los niños que están sanos tienen un crecimiento y desarrollo constante. “Si un niño 
aparentemente tiene sobrepeso, pero es activo y con peso y talla adecuados para su edad, está bien. Al contrario, si presenta signos como cansancio, falta de concentración, inactividad y fatiga, entre otros, se debe consultar y ver qué está pasando”.
Otro aspecto para evaluar es el emocional. Si el pequeño es introvertido, está a la defensiva, se aísla y es rechazado, o se aprovecha de su físico para imponerse sobre los demás, hay que evaluar su condición.
Generalmente, dice Villa, “la obesidad con desnutrición o hambre oculta se reconoce tardíamente y, en ocasiones, con consecuencias severas. Algunos de los signos tempranos son la irritabilidad, apatía, cambios emocionales, inactividad, cansancio e infecciones asociados a un sistema inmune débil. En cualquier caso, es necesario ir al médico”.
Cabe anotar que es ideal que el niño con malnutrición tenga una consulta integral, con un grupo interdisciplinario de especialistas (pediatra, endocrinólogo, nutricionista o nutriólogo, gastroenterólogo e, idealmente, un psicólogo clínico), para hacer estudio, diagnóstico y tratamiento completo.

¿Y los niños flacos?
Un niño delgado no siempre está desnutrido. Si el indicador de talla para la edad y el peso es el adecuado, no hay por qué preocuparse. Los niños delgados y activos también son sanos, indica la nutricionista del Cecni.

Algunos niños, dice Silvana Dadán, fellow en nutrición clínica pediátrica, por su genética, herencia, contextura, composición de su flora intestinal, ritmo y cantidad de actividad física, alimentación variada, suelen ser delgados, longilíneos, pero si tienen excelente respuesta en términos de resistencia a la actividad física, neurodesarrollo, rendimiento académico, defensas, y en el control médico con diferentes herramientas (examen físico, laboratorios, entre otras) el niño resulta perfectamente sano”.
Los signos de alarma cuando el pequeño es delgado son: piel reseca, cabello y uñas delgadas, lesiones en la piel especialmente en boca y ojos, infecciones recurrentes, irritabilidad, desarrollo inadecuado con bajo rendimiento escolar, entre otros.
Todo niño, independientemente de su contextura, debe asistir a los controles de crecimiento y desarrollo. El seguimiento se realiza por medio de los indicadores para peso y talla y de los hábitos alimentarios.
Según el diagnóstico del niño, dice la doctora Dadán, es fundamental “la valoración antropométrica, tomar peso y talla, pero asimismo hacer la valoración de la composición corporal, en términos de definir el componente muscular y la reserva de grasa del niño, y evaluar la distribución de ese componente graso para definir el riesgo metabólico, si está más o menos predispuesto a desarrollar resistencia a la insulina, hipertensión, etc.”.
Asimismo, aclara, es importante evaluar sus hábitos de alimentación; tipo de comidas y bebidas que consume, cantidad, porciones, horarios y sitios de consumo, para poder efectuar los cambios y ajustes pertinentes.

La herencia no lo es todo
La genética tiene un componente fuerte en la contextura del niño. Si los padres son obesos, el niño tiene una probabilidad casi del 80 por ciento de serlo. Si solo lo padece uno de ellos, se reduce al 50; si ninguno lo es, el riesgo es del 25 por ciento. Sin embargo, si la obesidad del adulto es por hábitos, el niño no tendría que heredarlo. Lo mismo pasa con la delgadez.

El medio ambiente, la actividad física y la calidad de la alimentación también influyen. Para la nutricionista Silvana Dadán, intervienen: la alimentación y el peso de la mamá previa y durante la gestación, el tipo de parto, el peso del niño al nacer, su alimentación, el uso o abuso de antibióticos, el ritmo de crecimiento, el ejercicio, entre otros.

http://www.eltiempo.com/archivo/documento/CMS-14375295

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *